¿Por qué es tan difícil cambiar de hábitos alimentarios?

ALGUNAS CLAVES PARA HACERLO MÁS SENCILLO

 

 

Recientemente he tenido el placer de presenciar una conferencia del doctor Arya M. Sharma, uno de los expertos más reconocidos a nivel mundial en el ámbito de la obesidad. El argumento central de la ponencia del Dr. Sharma era que el tratamiento del exceso de peso debía centrarse en el “porqué” y no en el “qué”. Es decir, para ayudar al paciente a reducir el exceso de peso, el médico, el dietista-nutricionista, etc. deberían interrogarse sobre las razones que han provocado la ganancia de peso, en lugar de estudiar con ahínco cuán grande es ese exceso de peso, cómo está distribuido o qué condiciones de salud lleva asociadas (aunque, obviamente, debe tenerlos en cuenta).

Estamos cansados de oír que la causa de esos kilos de más es un desequilibrio entre la ingesta y el gasto calórico. Nos lo sabemos de memoria. Sabemos qué problemas conlleva la obesidad. Sabemos que aumenta el riesgo de sufrir diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares e incluso ciertos tipos de cáncer. Sabemos que disminuye nuestro bienestar y nuestra calidad de vida. Sabemos que para evitar todo esto deberíamos comer mejor y tener un estilo de vida más físicamente activo.

Y sin embargo, no lo hacemos, ¿por qué? ¿Por qué es tan difícil conseguir ese balance, pese a saber lo que deberíamos hacer? Quizás el problema está, precisamente, en la palabra deberíamos.

Cada vez hay más evidencia de que el argumento “disfrutar de un mejor estado de salud”, per se, no es suficientemente poderoso, porqué la mayoría de nosotros funcionamos con refuerzos inmediatos, y la idea de que en el futuro podemos enfermar no nos impacta lo suficiente: “El futuro está lejos, hasta ahora me he encontrado más o menos bien haciendo esto… ¿por qué tendría que cambiar?”. A la práctica, esto se traduce en que pese a que racionalmente  queramos apostar por un estilo de vida más saludable, esta mentalidad nos impide, de manera subconsciente, ser eficaces a la hora de llevar a cabo el cambio de hábitos.
Cuando pensamos en clave de deberíamos nuestra mente lo interpreta como una orden externa. Para ella es como si volviera a la infancia y alguien le dijera que no puede pisar ese charco, aunque es lo que más desea. “No pisar el charco” es algo ajeno a ella, no es lo que ella quiere, por eso, a la mínima que tenga la oportunidad irá corriendo a meter los pies en el agua.  Sin embargo, si un día se moja y luego pasa frío, o se cruza con un compañero de la escuela que se ríe de ella por estar llena de barro, y esto le provoca una vivencia embarazosa, podéis estar seguros de que la próxima vez se guardará bien de tocar el barro, porqué a partir de ese momento “no pisar el charco” tiene sentido para ella.

Las personas actuamos en consonancia con lo que sentimos que tiene un sentido para nosotros. Si “un mejor estado de salud” no es un motivo que sintamos como suficiente para cambiar de hábitos, el cambio va a ser realmente difícil apoyándonos únicamente en este argumento. Por el contrario, si descubrimos otros beneficios derivados de esta modificación que sean significativos para nosotros, tenemos muchos números para consolidar este cambio.  

Y me preguntaréis, ¿Y cómo encuentro estas razones? Pues bien, esta es una pregunta que sólo vosotros podéis responder. Para algunas personas, la motivación viene de querer rendir más a nivel deportivo; para otras, supone una manera de ser más respetuoso con el medio ambiente. Para otras el estímulo es el querer dar ejemplo a los más pequeños de la familia, o la noticia de que están gestando una nueva vida. En otros casos el cambio de hábitos es una respuesta a una temporada de malestar digestivo o de decaimiento. O simplemente responde al deseo de lucir mejor y gustarse más. En cualquier caso, os aseguro que los beneficios de un estilo de vida más saludable se sienten a muchos niveles: quizás nuestro peso es el adecuado, pero simplemente nuestra alimentación no es todo lo saludable que pensamos que podría ser (fijaros que no he usado la palabra debería).

Sin embargo, es cierto que muchas veces es difícil anticipar cuáles serán las consecuencias de una situación nueva, y si a esto le sumamos que cambiar nuestras costumbres de toda la vida no es fácil, pues mejor nos quedamos como estamos. En este sentido, una de las mejores estrategias consiste en centrarse en añadir alimentos que mejorarán la calidad de nuestra dieta (como frutas, hortalizas, legumbres o frutos secos), en lugar de obstinarse en eliminar aquello menos saludable. Prohibirnos comer ciertos alimentos nos hace sentir privados, mientras que la idea de “incrementar” nos acerca a una mentalidad de abundancia y es claramente más positiva. Además, el mero hecho de incorporar nuevos alimentos saludables, y en más cantidad, automáticamente hará que disminuyamos el consumo de aquellos menos recomendables.

Volviendo a los motivos para iniciar el cambio, creo que uno de los estímulos más poderosos que podemos encontrar es comprobar por nosotros mismos qué nos aportaría dar este paso. Si nos damos la oportunidad de experimentar, aunque sólo sea por unas semanas, cómo responde nuestro cuerpo ante una alimentación más saludable, nos estaremos regalando la posibilidad de descubrir nuevos motivos que hagan den significado a un nuevo estilo de vida. Quizás sea más fuerza, o más energía, o más vitalidad,  o más equilibrio o claridad mental. O tal vez mejoren nuestras digestiones y nuestro descanso por las noches. Sea lo que sea, merece la pena probar,  al fin y al cabo, tenemos toda la vida para hacer lo mismo, ¿Quién se anima a probar?

 

Elena Carrillo
Dietista de Coachner
elenacarrilloalvarez@gmail.com
www.coachner.com

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